
Ordenando el caos que reinaba mi habitación, encontré casi sin quererlo una colección de laminas del genial artista estadounidense, Andy Warhol.
Mi predilección por su obra se remonta a pocos meses atrás. El interés por el arte del siglo 20 y su particular pictórica fueron dados de la mano. Warhol cultiva el pop art, un movimiento artístico, colorista e iconográfico de la sociedad del consumo.
Sin dudarlo decidí vestir las desnudas paredes de mi rincón personal con sus imágenes. Mitos e ídolos como Grace Kelly, John Lennon o Los Beatles personificaban la genialidad de los años 60.
Este polifacético artista no solo plasmaba su talento en la pintura. A partir de 1963 se adentra en el mundo del cine llegando a filmar cientos de películas. Dos años mas tarde, en 1965 , convierte en el manager del grupo liderado por Lou Reed, The Velvet Underground.
El pintor francés Marc Chagall definió el arte como un estado del alma. Sin duda el alma de Andy rebosaba inquietud, destellos de brillantez y un don que solo poseen ciertos elegidos. Personalidades de todo tipo se dejan atrapar por sus trazos, posan para él y admiran su genio.
Su pintura y sus iconos posibilitan su acceso al pueblo llano. Crea imágenes y retratos sociales, fácilmente reconocibles. La principal virtud de su arte radica en la familiaridad de sus creaciones, caras conocidas, objetos cotidianos que transmiten una sensación de cercanía, una ventaja para el ciudadano de a pie. Con su estilo, el arte se introduce en la vida de gente de todo tipo, entendidos y neófitos.

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